Hoy voy a dar por concluida la serie de artículos “Experimentos para no dormir”. He dejado para el final uno de los estudios psicológicos más conocidos e impactantes de la historia moderna: El experimento de la cárcel de Stanford.
El experimento de la cárcel de Stanford estudia la respuesta humana a la cautividad, en particular la existente en las prisiones reales, y los efectos de los roles sociales impuestos por la conducta.
Este estudio, que fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford, tiene múltiples comparaciones con el Experimento de Milgram, siendo los encargados de estos experimentos antiguos amigos.
El estudio fue encargado por la Armada de Estados Unidos, que buscaba una solución a los conflictos en su sistema de prisiones y en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.
Zimbardo, líder del estudio, y su equipo querían probar la hipótesis de que los guardias de prisiones y los convictos se auto seleccionaban, a partir de una cierta disposición debida a las malas condiciones existentes.
Se escogieron participantes por medio de un anuncio de periódico. De los 50 que se presentaron se seleccionaron a los 24 que estimaron más saludables y mentalmente sanos. Todos ellos eran blancos, jóvenes, estudiantes universitarios y de clase media.
Los 24 participantes se dividieron de forma aleatoria en dos grupos: prisioneros y guardias. Más tarde los prisioneros dirían que se escogieron a los guardias por tener una complexión física más robusta, aunque no existían tales diferencias y se dividió el grupo por medio del lanzamiento de una moneda.
El experimento se elaboró en el sótano de la Universidad de Stanford. En él, se recreo una cárcel ficticia. Zimbardo sería el superintendente y un investigador asistente el alcaide.

Imágenes reales de la Cárcel de Stanford
El equipo estableció varias condiciones específicas con el objetivo de provocar en los participantes desorientación, despersonalización y desindividuación.
Los guardias recibieron porras y uniformes militares escogidos por ellos mismos. Además, debían de llevar gafas de espejo para impedir el contacto visual. A diferencia de los prisioneros, los guardias trabajarían en turnos y volverían a sus casas en sus horas libres. No obstante, muchos de ellos se presentaron voluntarios para hacer horas extras sin paga adicional.
Por su parte, los prisioneros sólo podían llevar una batas de muselina (sin ropa interior) y sandalias con tacones de goma, para forzarles a adoptar posturas corporales no familiares y así incidir en su incomodidad para provocar desorientación. Además, se les designaría por números en lugar de por sus nombres. Estos números estaban cosidos a sus uniformes. Para terminar, debían llevar medias de nylon en la cabeza para dar el aspecto de ser reclusos rapados y llevarían una cadena en sus tobillos de manera constante que les recordara su encarcelación.
El día anterior al comienzo del experimento se le dio una pequeña charla a los guardias donde la única regla que se les dio fue la prohibición de ejercer violencia física. Eran los encargados de la prisión y era su responsabilidad dirigirla como creyesen más conveniente.
A los prisioneros se les dijo que esperaran en sus casas. Sin previo aviso se les imputó de robo a mano armada y arrestados por policías reales que cooperaron en esa parte del experimento.
Los prisioneros tuvieron que soportar un procedimiento completo de detención de la policía y se les llevó a la cárcel de Stanford, donde fueron inspeccionados desnudos, despiojados y se les dieron sus nuevas identidades.
El experimento se le fue de las manos al equipo de investigación rápidamente. Los prisioneros sufrieron y aceptaron un tratamiento sádico y humillante por parte de los guardias, sufriendo muchos de ellos graves trastornos emocionales.
El segundo día se desató un motín. Los guardias se presentaron como voluntarios para hacer horas extras y disolver la revuelta, atacando a los prisioneros con extintores sin la supervisión directa del equipo investigador. A partir de entonces, los guardias dividieron a los presos en buenos y malos, haciéndoles creer que había informadores entre ellos. Esta treta funcionó bastante bien, ya que no tuvieron lugar más rebeliones a gran escala. Esta táctica ha sido utilizada ya en cárceles reales estadounidenses.
Los recuentos de prisioneros, que sólo servían para que se familiarizaran con sus identificaciones se convirtieron en experiencias traumáticas en la que los guardias atormentaban a los reclusos, incluyendo castigos físicos como trabajos forzados.

Imágenes reales de la Cárcel de Stanford
Se abandonaron rápidamente la higiene y hospitalidad. El derecho a ir al lavabo pasó a ser un privilegio que habitualmente se denegaba, obligando a los presos a hacer sus necesidades en la misma celda. Los prisioneros tuvieron que limpiar retretes con sus manos desnudas. Se retiraron los colchones de las celdas y se les obligó a dormir desnudos en el suelo. También se denegaba la comida en muchas ocasiones como modo de castigo. Incluso, se obligó a los prisioneros a realizar actos homosexuales como humillación.
A medida que el experimento avanzaba, muchos guardias aumentaron sus conductas sádicas, sobre todo por la noche, cuando pensaban que las cámaras estaban apagadas y no se les vigilaba. Un tercio de los guardias mostraron tendencias sádicas “genuinas” y muchos de ellos se quejaron cuando se dio por concluido el experimento.
Este experimento demostró la sugestión y obediencia de la gente cuando se les ofrece una ideología legitimadora y el apoyo constitucional. También se emplea para explicar la teoría de la disonancia cognitiva (entrar en lucha con dos ideales simultáneos) y el poder de la autoridad.
Por tanto, este estudio sería compatible con el experimento de Milgram, en el que gente ordinaria toma decisiones impensables y sádicas por culpa de la situación y no de sus personalidades.
El experimento fue ampliamente criticable. No sólo porque cruza la frontera de la ética y humanidad, sino porque era difícil generalizar los datos del experimento.
No se pudieron llevar a cabo controles científicos tradicionales y Zimbardo no fue un simple observador, sino que alteró activamente el experimento como superintendente.
Además, muchos de los que criticaban este experimento defendían que los participantes sólo actuaban, es decir, realizaban un juego de rol. Zimbardo se defendió diciendo que, pese a que en un principio pudo comenzar así, los participantes llegaron a interiorizar sus papeles a medida que el experimento continuó. También se dijo que estas condiciones difícilmente tenían que ver mucho con la situación de las cárceles reales.
Por otra parte los datos estaban sesgados. Por ejemplo, había guardias que concedían favores a los presos y les trataban bien, y Zimbardo no intentó explicar estas diferencias de conducta entre los guardias.
Sea como fuere, la realidad es que todo indica que el ser humano en situaciones extremas puede llegar a ser cruel, sádico e inhumano si ejercen el poder otorgado por instituciones guvernamentales.




